El tiempo pasa como una flecha, y la mente vuelta hacia el exterior es incapaz de controlar su naturaleza burbujeante, incesante, ondulante. Incapaz de no fijarse en todos los objetos que sus sentidos enfocan. Incapaz, por su falta de destreza, de abrir una brecha en la tormentosa nube del dialogo interior y descansar en el cielo amplio y luminoso de la Conciencia que la contiene. Dicen que la mente enfoca donde interpreta que está la realidad, si la realidad son los objetos sensoriales, las emociones, los pensamientos, allí  es donde volverá una y otra vez; si en cambio la mente, como un caballo obediente, por una primera intuición, apunta con su atención a la verdadera Realidad que está más allá de esa mente parlante, apunta hacia ese Cielo, a esa Conciencia, a esa pantalla permanente que deja visionar todas las películas que proyecta la mente, (como ver una serpiente en una cuerda), porque algo de si comprende que lo Real no puede ser lo que continuamente cambia, lo impermanente. Si comprende que el ciclo de las estaciones no cesa de acontecer y de cambiar y observa como el otoño de nuevo se aproxima y  el cuerpo una vez más se empieza a retraer de la dilatación del fuego del verano, y comprende que el invierno no tardará en llegar con sus restricciones de luz y todo invitará de nuevo al recogimiento, que la primavera volverá a poner alas a nuestras ilusiones con fuerzas renovadas, y que ese mismo ciclo se repetirá una y otra vez, hasta que la hermana muerte nos visité y nos señalé que ya está, ¿ya está? Y ella contestará: ya está.

Si esa mente comprende que lo contingente no puede ser lo esencial, lo Real; que todo nace, envejece, enferma y muere, que no hay estabilidad suficiente en ese patrón tan limitativo como para fijar ahí la morada del corazón para alcanzar la Paz profunda que todo ser humano anhela. Si atiende a la sabiduría de todas las tradiciones que señalan  que la vida es un viaje hacia la muerte, un tránsito hacia lo desconocido, una fase dentro de un proceso más largo, quizá de esa comprensión nazca un vehemente anhelo por conocer que se oculta tras este escenario de ciclos cambiantes, de emociones impermanentes, del amor al odio, de la ilusión al tedio. Si harta de vagabundear por los objetos de los sentidos, bailando en un perpetua danza de opuestos, se detiene y empieza a preguntarse quién es realmente  y determina purificarse fijándose en un solo punto a través del arte de la meditación y/o la Oración, puede que entonces, haya encontrado el verdadero sentido de la vida. Y puede que se inicie un progresivo despertar en busca de la verdadera naturaleza de la Conciencia que es la que siempre está estable, fija, como un espejo que permite todos los reflejos y permite percibir todo ese cambio continuo del devenir sin alterarse, con desapego, con santa indiferencia.

Y quizá, con la ayuda de Dios, enfocando la mirada hacia lo más profundo de su corazón descubra que día a día, horadando como quien perfora un pozo en busca de agua para calmar la sed, va adquiriendo destreza en un plano que no se despliega ni en el tiempo ni en el espacio, en un ámbito vertical hecho de puro presente y de presencia que une, en principio por una fe confiada, el corazón del humano con la Verdad que libera, pues ella es Eterna y no nace y no muere cuando el cuerpo muere, pues es Real, es la Esencia una que interpenetra todo.

La meditación es la escala misteriosa que va de la tierra al cielo, del error a la verdad, de la obscuridad a la luz, de la pena a la alegría, del desasosiego a la paz, de la ignorancia al conocimiento, de la muerte a la inmortalidad.” Swami Sivananda

Beatriz Calvo Villoria

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información

ACEPTAR
Aviso de cookies