Al contemplar cómo mejor educar a nuestros hijos podemos comenzar reconociendo que el niño jamás recibe el amor que necesita para desarrollar el potencial de sus capacidades. Desde bebé desarrolla estrategias adaptativas en el intento de absorber y recibir amor, configurando así su carácter, su personalidad.

Además, el niño es una esponja, aprende en sus primeros tres años a caminar, idiomas, sonreír, jugar… Esto lo consigue observando, siendo curioso, activo, espontaneo. Pongo el punto en cómo el aprendizaje es abierto y siempre se puede ir más allá con un buen acompañamiento que permita su despliegue.

Es importante trasmitirle al niño, tanto en el hogar como en la escuela, a través de una mirada confiada, que la riqueza amorosa esta en su interior. Reconocérsela como un preciado tesoro, será el mejor regalo que le podamos hacer con nuestra atención. Compartir con él las sensaciones alegres de nuestras acciones amorosas, la generosidad, el apoyo, la amabilidad, servirá de apoyo mutuo en el camino. En definitiva, señalarle la alegría empática que produce cualquier relación de ayuda, será la mejor manera de direccionar su construcción.

Facilitar el desarrollo de la inteligencia del niño implica también permitirle sentir el entusiasmo que produce ser virtuoso. Focalizarle su riqueza espiritual como alimento de una vida plena en las múltiples ocasiones que ofrece la vida cotidiana es de gran ayuda. Acompañarle a reconocer sus emociones, sus necesidades, los estados mentales saludables. Observar con él la relación causa efecto que hay en cualquier gesto, pensamiento o idea. Hacerle conocedor de la relación que hay entre los distintos fenómenos y que allí donde pongamos nuestra atención/ intención, es lo que va a determinar la calidad de nuestro presente.

Un buen educador sabe mediar para que el menor introyecte la sensación de participación que tienen en su crecimiento. Le empodera para que sea conocedor de la enorme riqueza que supone elegir y ser dueño de su atención. Le ayuda a cultivar su capacidad de atender y a amar el aprendizaje.

Una vez que el joven tiene autoestima, es decir, confía en su verdadera riqueza, es vital reflexionar con él sobre cuales son sus aspiraciones, sus ideales, sus deseos; es decir transitar con él la oportunidad de señalar en que consiste la verdadera felicidad, su vocación, su sentido.

Hoy en día nos encontramos con el problema entre los adolescentes de que están siendo víctimas de una gran adicción a una sobreestimulación externa a través de la realidad virtual. Esto produce estados de desconexión y apatía con lo realmente interesante y profundo que habita en su interior. El adulto es responsable de controlar la calidad de videojuegos y películas que ve el menor, así como el tiempo que le dedica.

 Es interesante para ello, fomentar hábitos ricos, por ejemplo: que tenga el máximo contacto con la naturaleza, que valore todo tipo de vida y agradezca lo que esta le brinda; Acercarle a la música, a través de instrumentos, baile, canto; Ofrecer espacios para crear; Fomentar los oficios y vincular el aprendizaje con la utilidad que tiene en la comunidad.

Una maravillosa manera de permitirle conectar con lo esencial sería proporcionarle la posibilidad de hacer voluntariado a través de la escuela u otros circuitos.

 No olvidemos que el niño, por su propia naturaleza, tiene una inteligencia muy capaz de aprender infinitas posibilidades de cosas y sobre todo la capacidad de sentir la inconmensurable dicha y paz al poner en acción la belleza de su corazón.

Marcela Çaldumbide

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información

ACEPTAR
Aviso de cookies